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28 de julio de 2016

¿Cuál debería ser el modelo educativo de México?

             
En estos días que se están discutiendo diversos temas de la Reforma Educativa, en medio de diálogos y cierto nivel de amenazas y presiones, se ha difundido y discutido en los medios el modelo educativo de Singapur. Es importante conocerlo y vale la pena ver si podría generarnos una ventaja estratégica. Y también nos puede servir para conocer como son nuestros competidores.

Ya he dicho en estas páginas en estas páginas que el factor humano es la mayor ventaja competitiva. Habiendo acuerdo en esto, no lo hay en cuanto al modelo de educación que deberíamos seguir. O en todo caso, crear. Porqué  es muy difícil que haya un solo modelo que se adapte a todas las culturas. Y, de hecho, también dependerá el nivel de educación del que partimos. Muy bajo, en el caso de México.

Esto, sin duda, importa al estratega. Porque con personal mal educado y capacitado, es muy difícil crear y sostener una de las ventajas competitivas más importantes. No podemos aspirar a tener una economía avanzada con una educación deficiente. En esto hemos tenido una gran confusión y se han propuesto múltiples recetas. Enseñanza basada en el aprendizaje. Enseñanza basada en el alumno. Enseñanza basada en competencias laborales. Mejora basada en la capacitación del docente. Introducción de tecnología en el aula y en manos del alumno. En fin, por intentos no ha parado.

Vale la pena examinar el modelo de Singapur, considerado junto con el finlandés y el koreano, los mejores del mundo. Singapur, un país pequeño, con cinco millones de habitantes, con una superficie de 700 kilómetros cuadrados, que cabría 2,800 veces en México. Y no tiene materias primas. Su producto per cápita es de 83,000 dólares anuales, ajustados por poder de compra, el sexto más alto del mundo.

Lo que me parece muy interesante es el documento que se comentó recientemente en nuestros medios, donde se muestra cuáles son los resultados que se quieren de esa educación. Particularmente importante porque en las discusiones que he escuchado sobre modelos educativos, no recuerdo que se haya hablado de resultados. El documento titulado “The Desired Outcomes of Education” (Los resultados deseados de la educación)[1] se centra en los resultados deseados, más que en las actividades. El documento es directo y al punto. Dos páginas, sin desperdicio.

Los resultados, en síntesis, buscan formar:
  • Una persona con confianza en sí misma, con un fuerte sentido del bien y el mal, adaptable, resiliente, que se conoce a sí misma, capaz de juicio, que piensa independientemente y críticamente y se comunica eficazmente.
  • Que dirige su propio aprendizaje y toma responsabilidad del mismo, que cuestiona, reflexiona y persevera en la búsqueda del conocimiento.
  • Un participante activo, que es capaz de trabajar efectivamente en equipo, toma iniciativa, acepta riesgos calculados, es innovador y lucha por la excelencia y,
  • Un ciudadano involucrado, arraigado en su país, con una fuerte consciencia cívica, que está informado y toma un papel activo en mejorar las vidas de los que lo rodean.


Difícil de medir, de evaluar pero a la vez fascinante. Sus propósitos están centrados en el resultado que se da en el futuro ciudadano. El documento establece cuales son los resultados esperados en los niveles básico, secundario y post secundario, que están alineados pero tienen diferente nivel de profundidad.

Claro, estamos hablando de otra cultura. Singapur es un país de cultura china, fuertemente arraigada en los conceptos de Confucio, que tiene una jerarquía de valores que en parte concuerda con los nuestros y en otros no. Pero imagine, solo por un momento, que tuviera usted colaboradores así, en todos los niveles. Que usted mismo fuera su ejemplo en estos conceptos. ¿Cuál sería la capacidad de su empresa?

Necesitamos hablar de esto. Nuestro país necesita para poder ser competente a largo plazo, tener claridad en los resultados que queremos de la educación. Y luego implementar lo que haga falta para llegar a esos resultados, meticulosamente. No es el momento de la demagogia, de las soluciones a medias. La educación de este país necesita cirugía mayor. No fomentos de agua caliente.





3 de julio de 2016

El BREXIT y sus consecuencias estratégicas


A un poco más de una semana del plebiscito sobre la salida del Reino Unido (UK) de la Unión Europea (UE), la discusión sobre las consecuencias del triunfo de la propuesta salida de la Unión Europea continúa.

Por supuesto, hubo consecuencias inmediatas. La Libra cayó frente al Dólar a niveles como los de 1985. La Bolsa, obviamente cayó. Dos calificadoras de crédito redujeron la calificación de la deuda soberana del UK, bajándola  dos lugares. A la fecha, más de 4 millones de ciudadanos del Reino Unido han pedido que se repita el referéndum. En Escocia e Irlanda del Norte ha habido quiénes han hablado de independizarse del Reino Unido para seguir en la UE. David Cameron, el primer ministro conservador que propuso el referéndum sobre la pertenencia a la UE, anunció que renunciará a su cargo. Los propios proponentes de la salida de la UE, están extrañamente callados, guardando un perfil bajo. La catástrofe, parece.

Por otro lado, esas son consecuencias de brevísimo plazo, algunas con un claro tinte especulativo. Pero, a menos de una semana, el índice FTSE100 de la bolsa londinense ha superado el de 2011 y los calificadores de crédito han cambiado sus calificaciones dándole al UK la posibilidad de obtener un crédito soberano barato, según reporta la acreditada revista The Economist. Además el turismo está incrementándose fuertemente en este verano, impulsado por la campaña “Su dólar nunca le había dado tanto”, con lo cual las reservaciones han crecido enormemente. Y se prevé que con esos niveles de la libra esterlina, las exportaciones británicas serán mucho más competitivas. Con todo esto, los catastrofistas están bastante callados.

Pero el tema es uno de largo plazo. Para empezar, en las leyes británicas el referéndum no obliga al Parlamento. Podrían no tomarlo en cuenta, aunque no sería políticamente conveniente. Tampoco hay prisa: se dice que la discusión del BREXIT podría empezar en Octubre próximo. Los procedimientos para salir de la UE tienen un plazo de dos años, aunque hay expertos que dicen que, debido a la complejidad de acuerdos que involucra la salida de esa Unión, la salida total podría tomar hasta cinco años. Y luego está el tema del modo que adoptará esa salida, la cual puede ser total o parcial. Desde una salida total y absoluta hasta una afiliación como la que tiene Noruega, que tiene muchos de los beneficios de la UE, pero sin derecho a voz ni voto en las decisiones de esta Unión.

Si la salida fuera total, ¿cuáles serían las conclusiones previsibles? Desde luego, un encarecimiento de las exportaciones del Reino Unido a la UE, al perder la exención de impuestos de que goza hoy. Muy importante, porque sus exportaciones a la Unión Europea son el 50% de su total. Esto podría significar una caída de las mismas, aunque mitigada en parte por la caída de la paridad de la Libra frente al Euro. Y, es de esperarse, las importaciones procedentes de la UE, se encarecerían al establecer el UK impuestos a las importaciones procedentes de los miembros de la misma. Lo cual podría hacer más competitivas a las empresas británicas frente a sus pares europeos. Y, si la Libra sigue a niveles bajos,  la competitividad de sus exportaciones al resto del mundo podría mejorar mientras que sus importaciones serían más caras. Algo parecido al modelo japonés de mantener subvaluada su moneda. Valioso, pero con límites.

Un costo difícil de evaluar es el de restablecer acuerdos comerciales y de mutuo reconocimiento de normas y procedimientos país por país. Hay quien habla de más de 120 acuerdos involucrados en la Unión Europea. Con 28 países miembros, renegociar total o parcialmente  esos acuerdos uno por uno, pueden significar una carga pesada. Eso sin contar que con otros países sus acuerdos comerciales caen bajo la sombrilla de acuerdos entre la UE y dichos países. De hecho, la pertenencia a la Unión Europea tiene el beneficio de reducir las barreras al comercio exterior, y al dejarla hay que trabajar por volver a reducir dichas barreras. La movilidad laboral es otro tema. No queda claro qué pasará con los ciudadanos europeos que hoy trabajan en el Reino Unido. ¿Los expulsarán? Y en tal caso ¿tienen el personal adecuado para sustituirlos? Los proponentes del BREXIT ven el tema muy sencillo: se reducirá el desempleo británico. Pero el costo de reentrenar a los desempleados y el tiempo que lleve cubrir los puestos no cubiertos puede ser importante.

En todo caso, hay otra víctima de esta situación. El concepto de las uniones comerciales, los tratados de libre comercio y acuerdos similares está siendo cuestionado. La carga pesada de la burocracia de la UE, encareciendo y dificultando el libre comercio, está siendo discutida. La pérdida de soberanía también es vista como el costo de estos acuerdos. Muchos sienten que la UE les cuesta más de lo que les da, aunque no falte alguno  como Grecia, que sabe muy bien que no podrían sobrellevar su situación económica sin el aval de la Unión. Aunque no lo reconozcan en público.

Hace falta que la burocracia de la Unión Europea haga un riguroso examen de conciencia. ¿Qué hay de cierto en los reclamos de los Euroescépticos y de los Globalifóbicos? Pudiera haber mucho. Pero los burócratas de Bruselas no hablan de ello. Su posición, un tanto soberbia, es la de pedir  al Reino Unido que salga rápidamente. En una actitud como la de decirles: “No nos hacen falta. Si quieren irse háganlo. Pero ya.”

Los tratados de libre comercio tienen un sentido y una lógica. Contribuyen a la paz y al desarrollo. De hecho, en toda la historia europea, nunca ha habido 70 años sin guerra. Y eso es el resultado de la visión de estadistas como Robert Schuman y Konrad Adenauer, quienes pusieron las bases de la Unión Europea actual, buscando un desarrollo que permitiera sacar a Europa de la crisis de la posguerra y hacer cada vez más próspera y pacífica esa región. 

Hoy nos hacen falta en todo el mundo, estadistas de esa talla. Desafortunadamente no abundan. Ojalá el BREXIT sirva como una llamada de atención a la comunidad mundial. Ojalá nos lleve a la reflexión y el debate sobre la utilidad de los organismos internacionales de todo tipo.

16 de marzo de 2016

¿Qué pasa con Brasil?


Hace algunos años, un grupo de los nostálgicos del mundo bipolar, hondamente preocupados por la dominación de los Estados Unidos y de la Unión Europea en el mundo de los negocios mundiales, imaginaron un engendro que, supuestamente, haría contrapeso al así llamado neoliberalismo y a la globalización. Para ello reunieron los nombres de cuatro economías que se les podría llamar emergentes: Brasil, Rusia, India y China. Las iniciales, BRIC, se oían bien y cómo significaban ladrillo en el idioma inglés, daban la impresión de que eran elementos para construir un nuevo orden económico.

Nunca consideraron que esos países tenían condiciones muy diferentes, grados de avance muy distintos, materias primas y mercados muy diversos y, aparte de no pertenecer plenamente a los sistemas "neoliberales", sus ideologías tenían muy poco en común. Y que nunca hicieron un esfuerzo serio por coordinarse.,  Con el tiempo, no faltó quien le agregara una ese, la inicial de Sudáfrica, para convertirlos en BRICS y después la señora Cristina  Fernández de Kitchner pidió que el BRIC  que se convirtiera en BRICA, incorporando a Argentina. Con lo cual, probablemente creyó que salvaría la candidatura de su partido en las elecciones que acaban de ocurrir.

Se ha comentado ampliamente en el caso de China, su desaceleración y el futuro poco promisorio que tienen. No se ha comentado tanto la situación de Brasil, que tiene también un futuro difícil por delante.

Independientemente de los escándalos políticos, de las acusaciones a su ex presidente Lula, las evidencias cada vez más sólidas de los manejos corruptos del partido en el poder, la situación económica es muy delicada. La situación política parece volverse cada vez menos sostenible: hay manifestaciones mucho más numerosas que las que obligaron a la dictadura militar a ceder el poder a gobiernos libremente elegidos; la señora presidente de este país responde nombrando jefe de su gabinete a Lula para de esa manera darle un fuero que impida que pueda ser procesado por sus supuestos desvíos y malversaciones. Malas señales. Según la revista Forbes, Brasil no había estado tan mal desde 1930.

La caída de los precios del petróleo, que debería haberles beneficiado al bajar sus costos de energía, dado que su empresa Petrobras no es 100% capaz de surtir todas las necesidades petroleras del país, no les ha ayudado. El mal manejo de la empresa estatal y la corrupción que hay en la misma, le ha impedido a Petrobras ser un motor de la economía.

Después de tres años de crecimiento económico mínimo, 1. 2 % anual en el trienio 2002 -2014, su economía se redujo 3. 7 % en el año 2015 en, según estiman los expertos, y se espera que en este año caerá nuevamente otro 3%, a pesar de los ingresos que debería traer la Olimpiada que celebrarán este año, o a lo mejor por el costo exagerado de las obras faraónicas que se han hecho para este propósito.
De hecho, muchos expertos opinan que la caída fuerte de la economía vendrá al terminar la Olimpiada y se dice que muchos de los datos que ahora se presentan, están amañados para dar una buena imagen. Situación que ha causado que las empresas certificadoras de crédito  les hayan bajado su nivel, lo cual les hará más costoso el dinero. Su moneda se ha depreciado sustancialmente y el desempleo ha vuelto a subir.

Nada de esto es casual. La presidente Dilma Rousseff, llevó al país a un endeudamiento del 70% de su PIB, subió su déficit público del 2% del PIB al 10% del PIB en cinco años, subió exageradamente las pensiones y estableció exenciones improductivas de impuestos  para empresas favorecidas por su grupo.

Todo esto en un sistema económico que no ha logrado una plena apertura; sigue habiendo muchas dificultades para permitir una libre competencia en ese país. Un manejo, tal vez poco productivo, de la guerra contra la pobreza, con propósitos muy políticos y que ahora se refleja en la caída del empleo. Por otro lado, aunque es cierto que Brasil ha logrado mercados internacionales importantes, su mercado preferente es el Mercosur, mismo que se encuentra en dificultades por los problemas de Argentina, Bolivia y en alguna medida de Chile.

Me resisto a decir que todo esto es resultado del populismo. Puede que sea así. Pero otros países que no son populistas, como algunos de los europeos, también están pasando por problemas económicos importantes. De modo que el populismo no es el único ingrediente que se debe tomar en cuenta para explicar las fallas de esta economía.

No cabe duda que todavía hay mucho de arte en la conducción económica de los países. No hay que olvidar algunas cosas simples, casi caseras: no gastar más de lo que se tiene, no endeudarse más allá de lo que se puede pagar, asegurarse que el dinero se gaste de una manera correcta y que se refleje en una mejora de la calidad de vida del grupo. Pero esta aparente sencillez no es fácil de lograr. Por supuesto, la corrupción explica una parte. El favoritismo, el que algunos llaman el "capitalismo de cuates" explica otra parte. El deseo de ganar puntos de capital político es otra parte.


Es importante leer estos hechos y ver su significado. En México hemos seguido algunos de los conceptos que Lula y Dilma han estado aplicando. Podemos suponer que nosotros somos más sabios y que a nosotros no nos van a ocurrir las calamidades que ellos están teniendo. Pero es una apuesta difícil de ganar.

26 de enero de 2016

¿Cómo ve el Foro de Davós al mundo?



“Nunca ha habido un tiempo de mayor peligro o de mayor promesa que el actual”. Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial de Davós. Los participantes en el Foro no se ponen de acuerdo en cuál de los dos prevalecerá.

El foro mundial de Davós, la reunión mundial de líderes que año con año se lleva a cabo, acaba de terminar. Como de costumbre sus reflexiones nos dan, no necesariamente lo que creen esos líderes pero, al menos, lo que ellos quieren que el mundo crea.

En este año, la impresión es que hubo dos bandos: el de los optimistas y el de los pesimistas. Los pesimistas llegan después de semanas de malos resultados en las bolsas de valores mundiales. Abundan las frases y los conceptos que llaman la atención mediática. Como muestra, Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo dijo: “Ya se ve la luz al final del túnel, pero no veo cómo llegar allá.” Y, diría un pesimista, si alguien así no sabe, probablemente nadie lo sabe. Dentro de este bando, también se habló de que el crecimiento no ha significado mejora de distribución de la riqueza y, por supuesto, que un crecimiento así es muy de dudarse. La sombra de China y de su estancamiento económico estuvo muy presente. Sin reconocer, sin embargo, que ese estancamiento ha sido ocultado por el gobierno chino por varios años, metiendo dinero a construcciones inútiles y falsificando sus datos. Y ahora, metiendo 300,000 millones de dólares de sus reservas al mercado de divisas, para evitar una devaluación repentina. Así como interviniendo al manipular la bolsa de valores, para evitar caídas mayores.

Son los mismos pesimistas que hablaban del agotamiento de los commodities y que ya estábamos en los límites del crecimiento, y ahora nos hablan del exceso de producción y cómo se ha caído el precio de los commodities. Tal parece que siempre es más fácil pronosticar desastres. Si el desastre no ocurre, la gente respira con alivio, pero no critica tan fuertemente al pronosticador. Si se pronostica prosperidad y no ocurre, el pronosticador es criticado con toda la fuerza.

Hubo participaciones realmente catastrofistas: el Centro para el Desarme en Viena dijo que, debido a la “robotización” de la tecnología militar, pronto el monopolio de la guerra ya no estará en las manos de los humanos. Aterrador, sin duda. Súper pesimista.

Los optimistas, en la mayor parte, se centraron en la “cuarta revolución industrial”. Un concepto que no es nuevo, que tiene que ver con las “Tecnologías Disruptivas” que analizaré en alguna otra Carta y que generarán mercados muy amplios. Tecnologías como el Internet de las cosas, la inteligencia artificial, robótica avanzada, la nube, genética avanzada y otras más que podrían generar mercados tan grandes como si al mundo le agregáramos un nuevo EEUU o una nueva Unión Europea. Sí, respondían los pesimistas, pero esas tecnologías solo concentrarán la riqueza y el poder y provocarán que haya cada vez más pobres. O. como dijo despectivamente la señora Christine Lagarde: “No necesitamos un Internet de las cosas, necesitamos un Internet de las mujeres”.

A riesgo de simplificar excesivamente, parecería que en el bando de los pesimistas están los que  ven las cosas a corto plazo,  los que ven al mundo en general y a la economía en particular como un juego de suma cero, donde lo que ganan unos es porque lo arrebataron a otros. Una visión ampliamente refutada por Macario Schettino, en su libro “El fin de la confusión” y por Matt Ridley en su libro “El optimista racional”.

El bando optimista sí cree, a diferencia del otro bando, que sí se puede crear riqueza y que no necesariamente para que unos ganen hay que despojar a otros. Y, por lo mismo, sí creen que la tecnología creará nuevos mercados, nueva riqueza aunque, al menos temporalmente, habrá puestos de trabajo que desaparezcan. Como ocurrió en todas las revoluciones industriales anteriores.

En resumen, no hay una visión compartida y, tristemente, ninguno propone como atender el problema de la mitigación y erradicación de la desigualdad económica. Para mi gusto, las mejores intervenciones y en particular la de Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, dan un paso muy importante.  El profesor Stiglitz, autor del libro “El precio de la desigualdad”, entre otros, propone cambiar el modo de medir el desempeño económico. “El PIB- dice- es un pobre indicador del desempeño económico, no es una buena medida del bienestar”. Otros economistas señalaron que quienes desarrollaron el PIB como indicador cerca de 1930, advirtieron que solo mide lo que se compra y se vende y que no es preciso para medir el desempeño económico.

Posiblemente no llegaremos a buenas propuestas  para mejorar la economía si cada quien mide de un modo diferente y poco preciso los resultados. Y es necesario balancear la visión de largo plazo y la de corto plazo. Entender también que hay que tener una mayor generación de riqueza, pero además un mejor modo de distribuirla. Por justicia, en primer lugar, pero también porque es el único modo de generar mercados más amplios que generen a su vez mayor riqueza para poderla distribuir.


Mientras tanto yo, un aprendiz de estrategia, me alineo con el  bando de los optimistas.

14 de diciembre de 2015

Acuerdo frente al calentamiento global


Después del fracaso del Protocolo de   Kyoto, en 1997, hace unos días se llegó finalmente a un acuerdo sobre el cambio climático, en el seno la reunión COP21 en París.

195 países quedaron de acuerdo en las metas para evitar el incremento del calentamiento global. No fue fácil. Hay desacuerdos profundos sobre el peso que debe de llevar los países desarrollados en estos eventos y como debe de balancearse la sustentabilidad de las economías en los países pobres con el imperativo de su desarrollo económico. Nada fácil. Estados Unidos, la economía más grande del mundo, contribuye con el 24% del total de la huella de carbono en la atmósfera. China, la segunda economía mundial, contribuye con el 14%. Del resto, la mayoría lo aportan los países desarrollados. Para los países pobres, adquirir y usar la costosa tecnología que deja menos dióxido de carbono en la atmósfera, podría retardar su crecimiento económico. Sí, en la propia reunión se habló de hacer aportaciones de fondos internacionales para apoyar a los países pobres en estas inversiones. Las cantidades mencionadas, en el orden de 100,000 millones de dólares, son claramente insuficientes. Por otro lado, estos esquemas de ayuda internacional han demostrado en más de 70 años de su aplicación, que son notoriamente ineficaces.

Falta todavía que esos 195 países obtengan de sus respectivos congresos la aprobación para ese tratado. Después de lo cual, para el año 2018 deberán presentar un plan de trabajo para cada país. Y todavía quedarán muchos puntos que ver en la implementación de ese plan.

Otro obstáculo importante es el escepticismo de muchos respecto a este tema del calentamiento global. Se habla de que el año pasado la temperatura promedio global superó en 0.8 grados centígrados a la temperatura global promedio en el año 1778. Una cantidad muy pequeña. Sin embargo, los escenarios de algunos científicos suponen que para el año 2100 la temperatura global habrá aumentado entre 1.4 y 5 °C. El acuerdo de París propone que no se sobrepase la temperatura global del año 1778 por más de 2 °C. El escepticismo viene de dos aspectos: la medición que se hacía en el año 1778 sólo ocurría en algunos países desarrollados, de manera que no se puede hablar de que sea un verdadero promedio de la temperatura global. Por otra parte, los instrumentos de medición disponibles en aquella época, eran muchísimo menos precisos que los disponibles actualmente. Otros escépticos señalan que, de fondo, todavía no entendemos los mecanismos que regulan el clima de la tierra. Esto puede estar llevándonos a conclusiones equivocadas sobre el impacto de la huella de carbono en el clima global.

Obviamente, la implementación de este acuerdo tendrá muchas consecuencias. Para empezar, será costoso. A los precios actuales del petróleo, las energías alternas no basadas en carbono resultan todavía muy caras. Y no son totalmente libres de consecuencias contaminantes. Las que ya están en operación, la hidroeléctrica y la nuclear generan modificaciones en el ambiente, la primera modificando los microclimas y la ecología de los lugares donde se crean las presas y la segunda por sus emanaciones de agua caliente que modifican la ecología de los cuerpos de agua donde se vierte. Las demás, aunque ya algunas están en operación, todavía no alcanzan costos competitivos con los que tienen las fuentes tradicionales basadas en carbono. Y, por supuesto, está el tema de cómo se va a pagar por las inversiones que requerirán estos cambios. Una pequeña muestra: las organizaciones empresariales mexicanas en los días pasados dijeron que no estaban en condiciones de absorber esos costos y que debería ser el gobierno quien los absorba. Que es lo mismo que decir que los sufridos contribuyentes deben de hacerse cargo de estos pagos.

Por otro lado, se requerirá un control mucho más estrecho de las emisiones contaminantes. Y, por supuesto, mucho más costoso. Pensemos, por ejemplo, en el problema de  medir las emisiones de los automóviles en la era "post Volkswagen". O en las que se requerirán en la inmensa mayoría de la industria.

Hablemos de la necesidad de limitar, no sólo controlar, las emisiones de los automóviles. Hasta ahora, no se ha limitado la cantidad de carbono que los coches emiten al ambiente. Se ha medido el porcentaje de contaminantes en los gases de escape, que es algo diferente. Para reducir en serio la huella de carbono, tendríamos que tomar en cuenta que los diferentes automóviles tipo SUV  y Pick Up, los coches deportivos y los de lujo tienen emisiones de gas carbónico de casi tres veces mayores que las que tienen los coches más pequeños. ¿Estarán los mercados dispuestos a aceptar coches menos cómodos, con menor potencia y prestigio que los que obtienen a través de los autos mayores? Por otro lado, reducir en serio la huella de carbono de los automóviles, requeriría limitar su velocidad al rango de 80 a 90 km/h, que es la velocidad en la que el motor trabaja con mayor eficiencia y menor contaminación. ¿Será posible que el mercado acepte coches menos veloces? En otro campo: una familia de escasos recursos que tiene 15 focos en la casa, tiene una inversión de $150 en esos focos tradicionales. Si los cambiara a focos equivalentes con el sistema LED, la inversión inicial sería del orden de $2000. Claro, son focos mucho más duraderos. Pero no estamos hablando de una inversión menor para una familia pobre.

Las empresas, al tener que hacer inversiones para reducir su huella de carbono sólo tienen dos opciones: pasar el costo a sus clientes, encareciendo sus productos o servicios, o reducir drásticamente sus utilidades, con lo cual estarían hipotecando sus posibilidades de crecimiento y de modernización de su equipo.

Las inversiones en investigación y desarrollo para crear nuevas fuentes de energía que no estén basadas en carbono, serán sustanciales. El costo de su investigación tendrá que cargarse en los precios de los servicios que esas empresas generen. Sí, se generarán algunos empleos nuevos, pero habrá que pagar por todos ellos.

De hecho, independientemente de lo que se logre a través de acuerdos como los que se están diseñando en este momento, una parte importante de la solución está en manos de la ciudadanía. Somos nosotros los que podemos reducir la demanda de gases invernadero, a través cambiar nuestras costumbres que muchas veces han aumentado la presencia de gas carbónico en el medio ambiente. La gran pregunta es: ¿Estamos dispuestos a asumir nuestra parte?


Este es un tema complejo. Es importante tener soluciones oportunas: no podemos esperarnos al año 2070 para ver si efectivamente se está dando el calentamiento global. Pero, por otra parte, es importante entender y medir el impacto de estas medidas remediales sobre la economía de los países, sobre todo la de los países pobres. Una evaluación, aunque sea muy gruesa, de los costos de incumplir con estos acuerdos es tan importante como la evaluación de los costos de cumplirlos. Y de esto, al parecer, no se ha hablado.

26 de septiembre de 2015

Volkswagen: ¿Utilidades o ética?


Los temas verdaderamente estratégicos son aquellos que tienen un efecto sistémico en la organización y su efecto es a largo plazo. Si usted acepta esta definición, estará de acuerdo conmigo en que la situación actual de gigante alemán Volkswagen llena los requisitos de un asunto estratégico. El tema de la ética siempre será uno de largo plazo. No puede ser un tema circunstancial, no es real si sólo ocurre ocasionalmente, no tiene efectos a corto plazo ni tampoco es fácil implementarlo muy rápidamente. Además, es un tema sistémico. La empresa no puede ser sólo parcialmente ética.

En esta última semana apareció con especial fuerza en los distintos medios de negocios el problema de la empresa Volkswagen. En términos muy sintéticos, a la empresa se está imponiendo una suma de más de 18,000 millones de dólares como un castigo por haber creado un dispositivo de hardware y software que se incorporó en los motores Diésel y que permitía a los vehículos de esta marca pasar las verificaciones de emisiones contaminantes de esos motores. Al parecer, la lectura de emisiones era de la vigésima parte menos que las emisiones reales en la operación normal de equipo.

Obviamente, esta fue una acción cuidadosamente planeada y que requirió de investigación y desarrollo de alto nivel para poder engañar al equipo detector de emisiones. No es una falla, no es algo impredecible. El propósito era poder seguir vendiendo sus equipos aunque las reglamentaciones contra la contaminación se hicieran más estrictas. De hecho, en algún comunicado de la empresa, se presumía que habían logrado innovaciones que hacían que el motor Diésel fuera menos contaminante que los mejores motores de gasolina.

Las consecuencias van más allá de una multa. El director general de la empresa tuvo que renunciar y su Consejo de administración encontró muy difícil hallar un sucesor entre sus subordinados directos, sospechosos todos ellos de haber participado en este embrollo. Finalmente, nombraron como director general a quien estaba a cargo de la empresa Porsche, fabricante de automóviles deportivos de altísima calidad y que forma parte del mismo grupo industrial de Volkswagen.

Pero las verdaderas consecuencias de largo plazo son mucho más importantes. Al parecer, otras marcas están teniendo un problema similar, en particular BMW. De hecho, se cuestiona el futuro de los vehículos con motores Diésel. El gigante alemán, que el año pasado ya superó en ventas a Toyota, tiene en riesgo su papel como productor número uno de automóviles en el mundo. Y las consecuencias podrían ser aún mayores, aunque la proporción de autos afectados sólo es una parte menor de sus ventas. Por no hablar del prestigio de la industria alemana en su conjunto: de una manera totalmente injusta podría ser afectada en su buena fama de ser cuidadosos en el cumplimiento de todas las normas técnicas.

Ya en México, se ha solicitado a la empresa que presenten para revisar las verificaciones todos los vehículos con este tipo de motor que se han vendido en el país. Se habla, y no sin razón, del efecto que este problema puede tener en la planta que la empresa tiene en Puebla, la cual se podría ver afectada en sus exportaciones al mercado de los Estados Unidos.

Un desastre. Un desastre que rara vez se ve, pero que cuando ocurre tiene consecuencias muy severas. Por ejemplo, el escándalo de Enron, la empresa americana mayormente dedicada a la energía, a la que se descubrió que estaba falsificando la información financiera que entregaba a la bolsa de valores. Varios de los ejecutivos de la empresa terminaron encarcelados y hubo algún suicidio entre los señalados por este caso. Pero las consecuencias más graves fueron para la empresa de auditoría Arthur Andersen, cuyos auditores no informaron debidamente las autoridades del fraude que se estaba cometiendo. En menos de 30 días la empresa auditora desapareció de la faz en la tierra. Y entre sus competidores había un temor muy importante: el servicio de auditoría como negocio se podría verse seriamente dañado. ¿Por qué pagar elevadas cuotas por auditoría, si las empresas auditoras no podían garantizar que no se iban a alterar los resultados? El asunto no pasó a mayores, pero nuevos controles se impusieron a las empresas y a sus auditores y se arrancó con mucho ímpetu el concepto de “compliance”, un sistema complejo y costoso, pero necesario para asegurar a los accionistas que los dirigentes de las empresas no están jugando con su patrimonio.

Sin entrar a más detalle, también en México tuvimos un asunto similar con la empresa minorista Comercial Mexicana, que condujo a severas multas en lo personal a directivos de la empresa y la prohibición de que las empresas que cotizan en bolsa contrataran al director financiero de la mencionada empresa durante varios años. Y a estar en suspensión de pagos por un período extenso.

En síntesis, el conflicto de ética en estos casos mencionados se reduce a un dilema: ¿se cumple con la ética o se aumentan las utilidades? Claramente, romper con la ética tiene muchas ventajas de corto plazo, en este campo de la rentabilidad. Si el asunto no se ventila públicamente, las empresas pueden seguir por un largo tiempo con este sistema. Pero, a largo plazo, es muy difícil ocultar los malos manejos. Y, cuando ocurre, las consecuencias pueden ser desastrosas.

¿Cómo proteger al público, los inversionistas y a la sociedad de estas fallas de ética? No hay una respuesta fácil. Yo estoy seguro de que la empresa Volkswagen tenía certificaciones de empresa socialmente responsable. Seguramente cumplía con los requisitos de la ley Sarbanes-Oxley. El gobierno alemán tiene el prestigio de ser cuidadoso en evitar al máximo la corrupción y ser particularmente duro para controlar fallas de este tipo. Si a ellos se les pudo engañar y también por muchos años al gobierno de Estados Unidos, ¿qué puede esperarse de otros países y de otros gobiernos que no tienen ni las capacidades ni la cultura necesaria para evitar este tipo de engaños?


Al final del día, la única certeza, la única seguridad viene del individuo, en particular de los directores generales y de los consejeros de la empresa. Y es algo muy difícil de evaluar. El prestigio, la confianza acumulada por décadas puede ser destruida en un tiempo muy breve. Pero al final, la solución está en incorporar los valores éticos en los sistemas de toma de decisiones de la empresa. La solución está en construir una cultura corporativa muy sólida, con valores claramente especificados y rigurosamente aplicados. Algo que, tristemente, "no se da en maceta" como decían los abuelitos.

14 de septiembre de 2015

Y, ¿Qué pasa con China?


Debo decir de entrada la verdad: No sé. Y, realmente, dudo que muchos de los “especialistas” sepan algo tampoco. No por el tradicional misterio que envuelve a China y a los  chinos, sino por algo mucho más mundano: porque los países socialistas de cuño soviético (China, Korea del Norte, Cuba y, aún en buena parte Rusia) mienten sistemáticamente sobre su desempeño económico y sus datos no son confiables. Antes de la debacle de la órbita soviética, se suponía que Rusia tenía un PIB casi igual que el de EEUU y que el de Alemania Oriental era muy similar, en términos per cápita, al de Alemania Occidental. Estuvieron mintiendo sistemáticamente por décadas a los organismos de la ONU, al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional y a cuantos estuvieron dispuestos a escucharlos. Por razones propagandísticas. Después se supo que la Unión Soviética había inflado sus cifras por más de un 50% y Alemania Oriental por más del doble.

¿Qué garantía tenemos de que China y su Partido Comunista, no nos han estado mintiendo hablando de crecimientos de doble dígito, por décadas y de que ahora estén creciendo como Europa o menos? Realmente, ninguna. De modo que los “expertos”, sin fuentes confiables, juegan a la fantasía, basados en datos de quienes tienen motivo para seguir atrayendo capitales e inversionistas de bolsa para mantener su economía en crecimiento.

¿Por qué, entonces, meterme en este berenjenal? Estrictamente, porque clientes y amigos me han pedido una opinión. Y exactamente es eso lo que haré. Un filósofo al que estimo mucho me dijo una vez: “una opinión es una aseveración que se hace con temor a equivocarse”. Le creo y es en ese modo como doy aquí mi opinión sobre China. La información es pobre y con altas probabilidades de estar manipulada. Con esas reservas, esto es lo que pienso.

Permítanme un poco de contexto. Hasta 1997, China tenía poca relevancia en la economía mundial. En esa época, sin embargo, absorbe a Hong Kong, con 7 millones de habitantes, pero con un PIB per cápita superior al de la mayoría de los países de Europa. Por otro lado, se hablaba de la Gran China: China continental, Hong Kong, Taiwán y Singapur, todos ellos países de cultura  china. Con ellos, más la “diáspora” china, con grandes comunidades en Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Australia y muchos países más, forman en conjunto la economía más grande del mundo.

Después de años de hablar de la “Cuenca del Pacífico”, viene la absorción de Hong Kong, y la declaración de Deng Xiao Ping de “un país, dos sistemas”, es decir, la promesa de que en una parte del país habría algunas libertades económicas. Tanto Hong Kong como Singapur ya no tienen materialmente espacios importantes para crecer, de manera que la zona de Shanghái  empieza a crecer  rápidamente. En la “Cuenca del Pacífico”, los Estados Unidos son el “factótum”, el que mueve las cosas, como dijo en su momento Luis Rubio. A los EEUU le conviene, después del fin de la Guerra Fría, apoyar al país comunista más grande del mundo para que sea más próspero. A la vez, los altos costos de su mano de obra hacen atractivo a las empresas norteamericanas hacer “outsourcing “, es decir, maquila de ensamble electrónico, confección, calzado, muebles y otros productos intensivos en mano de obra. A los europeos, con mano de obra aún más cara  y una población más envejecida, les parece buena la idea y prefieren tener un alto desempleo que tratar de producir con mano de obra europea cara y dejar de ser competitivos.

De manera que se juntan varias cosas: un mercado ávido de servicios de maquila, dinero para invertir, apoyo técnico de americanos y europeos, un suministro casi inagotable de mano de obra barata y, con ese caldo de cultivo, la economía china crece a tasas muy elevadas. Japón, que en esa época inicia su estancamiento, empieza a maquilar algo en China y, por otro lado, no le compite.

Diez años después, inicia la crisis del 2007, que no ha acabado de resolverse. China, que en 2007 creció a más de 14%, en 2012 ya crecía al 7% y este año le irá bien si sobrepasa el 4%. Que no está mal; ya lo quisiéramos los mexicanos para un día de fiesta. Y los pronósticos son de que no pase de 5.5% en los próximos cinco años y se quede alrededor de 3.5% anual en 2020-2025, de acuerdo con el prestigiado “The Conference Board”. Pero hay más: algunos expertos se cuestionan porqué en los últimos años China creció su consumo de petróleo y energía en general a tasas como de la mitad del crecimiento de la economía. O está ocurriendo un milagro o alguien está mintiendo.

Al parecer, lo que ha estado pasando es que el gobierno chino ha estado interviniendo de varias maneras en la economía. Se dice que están construyendo grandes carreteras que no conectan a zonas que lo requieran, se habla de construcción masiva de departamentos que nadie ocupa, obras que generan empleo temporalmente, pero que no sostienen el crecimiento económico a largo plazo. Devalúa su moneda, lo que les permite vender mejor afuera de China así como desincentivar las importaciones. Pero no han actuado para abrir la mayor parte de la economía, y no han hecho reformas importantes en las empresas del gobierno. Falta mucho para que la economía china sea realmente abierta. Hoy, el crecimiento económico y la prosperidad ocurre en las llamadas “zonas económicas especiales” ¿Qué ocurre en el resto de China? No es claro.

Esto, por supuesto, se refleja en su bolsa de valores, que ha perdido fuertemente en los últimos meses. Mala noticia: el financiamiento que ofrecen las bolsas es imprescindible para el crecimiento de la economía china. Pero, si los índices de la bolsa bajan, quiere decir que hay más personas tratando de vender acciones que personas comprándolas. Y eso indica falta de confianza de los inversores.

A largo plazo, la situación es incierta. China tiene una población envejecida, donde  más del 50% tiene más de 43 años de edad (México, por ejemplo, tiene 50% con más de 27 años) y su fertilidad por mujer en edad de tener familia es de 1.5, menor de la tasa de reposición de la población. Todo ello, gracias a la política de “un solo hijo”, instaurada por Mao. Es la primera economía del mundo, pero en PIB per cápita es la número 78 con casi 7,600 dólares anuales per cápita en 2014 (México en ese año tuvo más de 10,300 dólares anuales per cápita y es la número 62), según datos del Banco Mundial
¿Qué podría pasar? Ya lo dije: no sé. Pero, si China liberaliza más su economía tiene un enorme mercado interno donde puede llegar a crecer  casi sin término. Si no  cambia el modelo, su salida es seguir devaluando su moneda para ser más barato y competitivo. Si la economía mundial sigue estancada, China encontrará difícil encontrar nuevos mercados. Tanto Estados Unidos como Europa están encontrando que los costos de logística y de supervisión de la producción en China son elevados y difíciles de reducir, por lo que se habla de la producción “Next Shore”, en países cercanos donde los costos de logística y de supervisión sean bajos. Malo para China: se verá forzada a devaluar más su moneda y a hacer  “dumping”. Hasta que los países que son sus clientes empiecen a ponerles sanciones.


Y ¿cuáles son las consecuencias para México? En el mejor escenario, un mercado muy importante. Lo dudoso es si estamos preparados para atenderlo. En el peor caso, una competencia muy dura que nos quitará posibilidades a productores que atienden el mercado interno y la exportación. Y, en ambos casos, la necesidad de mejorar mucho muestra capacidad y productividad.